19 de mayo de 2003 – Acto Plaza Lavalle – Discurso de Tomás Abraham (filósofo).
Buenos días a todos. Estoy acá no por ningún nombre que tenga, sino porque soy judío. La conducta de la justicia argentina ya ni siquiera es materia de discusión. El juicio por el crimen colectivo de la AMIA es un ejemplo. Nueve años de encubrimiento también dan testimonio de esto. Le irresponsabilidad de la política exterior argentina, su aventurerismo, la desorganización del sistema de seguridad paralelo a su corrupción estructural, son responsables de los crímenes de hace 10 años. Pero a esto hay que sumarle lo que se ha llamado conexión interna, pero no me refiero sólo al apoyo logístico y operativo del asesinato; si no de la complejidad ideológica de un antisemitismo de bajo perfil pero insistente e imperecedero, que es una de las bases culturales de la pequeña burguesía nacional.
Recuerdo bien las reacciones de los medios masivos de comunicación después del crimen; de los directorios y de sus caras visibles; de las conductoras de TV que en sus almuerzos, para demostrar que estaban en contra de la discriminación, invitaban a judíos y enanos; a empresarios de los medios de comunicación que propiciaban el alejamiento de las instituciones judías de los centros urbanos de la capital; al Ministro del Interior, Ruckauf, culpando a la comunidad judía de ser negligente y codiciosa por haber rechazado la presencia de fuerzas policiales en el Once, que “supuestamente entorpecían la venta de los comercios”. Pero también recuerdo las palabras de uno de los discursos más valientes y lúcidos de la década pasada: las palabras de Laura Ginsberg, que desenmascaraban las caretas del poder y de sus personeros, ya fueran las caretas del gobierno nacional desde la provincia del gobierno de Buenos Aires y también algunas caretas de las autoridades máximas de las instituciones judías y de ciertos embajadores. Pero hoy no quiero hablar de la muerte, ni de la guerra, ni de la mentira, quiero hablar de la paz…permítanme, por favor, esto. Si una esperanza de paz es posible. Por eso voy a mencionar a dos personas que están trabajando por la paz, que no sólo la invocan, sino dan pequeños pero inmensos ejemplos de su realidad. Uno es judío, argentino e israelí; el otro es palestino y vive hace décadas en los Estados Unidos. Me refiero al escritor y crítico literario Eduard Said y al músico Daniel Barenboin, son dos espíritus libres y comprometidos. No responden a ningún estado ni a mística alguna, no son fundamentalistas ni puritanos, no lo quieren todo para sus pueblos, quieren algo para sus pueblos y también algo para el pueblo vecino. Los dos organizan talleres musicales con músicos palestinos y judíos, con músicos árabes e israelíes; y cuando los hacen en Alemania, también con músicos jóvenes alemanes. Recorren con todo el grupo la distancia entre la capital cultural de la Alemania ilustrada y uno de los sitios de la muerte de la misma cultura. Los dos están por un estado binacional, por el reconocimiento de errores propios y virtudes ajenas, pero sobre todo los dos dan una muestra sobre cuáles no son los caminos para cercar posiciones en una zona que es crucial para entender el drama de lo que sucede en el mundo. Hay que aislar política y culturalmente al terrorismo. El terrorismo que mató en la Argentina, el que mató en la ciudad de Nueva York y el que también mata en Irak; porque el terrorismo de estado a nivel imperial descarga sobre las poblaciones civiles los conflictos que no resuelve políticamente. Sólo mentes mezquinas y oportunistas juegan con combinaciones estratégicas y costos necesarios que no sólo son condenables moralmente, sino que exhiben una y otra vez su fracaso político. Pero sí, claro, siempre hay quienes se benefician con la guerra, siempre hay quienes se benefician con el terrorismo, y muchos de ellos son los mismos que parecen denunciarlo: patriotas de pacotilla, sionistas de medio pelo, mercaderes de la muerte, expertos en paranoia, iluminados de todas las especies. Barenboin y Said hacen música y transmiten sus pensamientos también con palabras. Said es un hombre comprometido por la lucha por la liberación del pueblo palestino, Barenbion es un judío que pone en práctica una de las facetas más valiosas de la civilización judía: su lucidez de diáspora al servicio de la construcción de un estado-nación en Israel, en paz con sus vecinos. Ejemplos de maldad hay muchos, no hay que olvidar nombrarlos, más aún cuando las heridas que han infligido no han sido cicatrizadas, al menos, en cuanto a la acción de la justicia se refiere, por eso existe Memoria Activa. Hoy quise nombrar ejemplos del bien para que también haya una esperanza activa posible.