Quisiera compartir algunas reflexiones que me ocupan, son pensamientos surgidos desde mi identidad de psicólogo cuando veo que ya transcurrieron 20 años desde el atentado. Y busqué la palabra que no diga pasaron 20 años, ya que no pasaron, están pasando y están pesando y necesitan pensarse.
En mi formación de psicólogo me enseñaron muchas cosas útiles para poder colaborar en aliviar el sufrimiento, pensar en lo que sucede es una de ellas y así encuentro que algunos aprendizajes no colaboran. Confieso: estoy confundido.
Por ejemplo: me enseñaron que un asunto central para la psicología es atender los duelos, es decir el dolor, el sufrimiento por las pérdidas.
Y aprendí que duelo alude a temporalidad. Se lo describe como un proceso en un tiempo. Dicen los textos que un duelo se elabora con la ayuda ineludible del paso del tiempo.
Aprendí entonces que es necesario transitar un período para que este duelo vaya siendo metabolizado.
Incluso en las enseñanzas judías hay una frase que acompaña perfectamente esa idea y que escuché en boca de un rabino con mucha sabiduría, Daniel Goldman que mencionó cierta vez: “lo que hace el tiempo no lo hace el hombre”.
¿Y que sucede cuando el tiempo que transcurre, no solo no contribuye a aliviar sino que en cada vuelta suma mas pesares? Ya sea por que cada año la causa de la Amia se riega con falsas pistas o la direccionan intereses políticos, proponiendo guías a una investigación para que arribe a destinos oportunistas y así se descarten otras posibilidades.
¿Que hacemos con el duelo?
Ya no podemos esperar confiados en la ayuda del tiempo.
¡Estamos a 20 años! Y vale decir que tampoco es cierto que 20 años no es nada como dice el tango, 20 año debería ser un lapso mas que considerable para elaborar un duelo. ¿Como? : Esclareciendo el atentado.
¿Que sucede en cambio? Sucede que no deja de haber aniversario en que nuevos pesares se sumen. ¿Cómo se puede elaborar en estas condiciones?
En cada nuevo aniversario ya no solo rememoramos la explosión, sino que también nuevas heridas que se fueron sumando. Por ejemplo: la vergonzosa actuación judicial, que aparezcan procesados por encubrir la investigación en el mismo núcleo de la conducción comunitaria, o que representantes de esa conducción aparezcan protegiendo -cuando no homenajeando incluso- a personajes que en el año siguiente fueron presos.
Otro año en que los dirigentes comunitarios hacen declaraciones positivas sobre un juez condenado o premian a policías cómplices. ¿Cómo se procesa mentalmente esto?
Otro año sumando firmes pero dudosas oposiciones que se espantan de un intento legal diseñado para activar la causa sabiendo que para eso hay que indagar sus sospechosos, y así… ¿qué duelo puede concluir?
Me enseñaron que las personas construyen sociedades y que las sociedades construyen personas. Y en estos 20 años, ¿qué tipo de personas se han construido que no han conocido la labor de la justicia? ¿Alguien se lo pregunta?
¿El sujeto construido podrá sentirse amparado? ¿Seguro?
Que palabra esa: ¡¡La seguridad!!
Sabemos que hay sectores muy preocupados por la seguridad, incluso hay quienes ofrecen la ingeniosa idea de cambiar la palabra libertad del himno por la palabra “seguridad”, haciendose eco de algunos medios de comunicación que sugieren un Buenos Aires como un escenario en llamas.
Esto también es un desafío a lo aprendido en la carrera. Porque aprendí que cuando se ataca la percepción, el sujeto queda sometido.
Porque la inseguridad no se la resuelve con ese pedido de seguridad. El verdadero complemento de la inseguridad es la impunidad. Atacar la impunidad es el remedio a la inseguridad. Y cuando se propone seguridad como el santo remedio no dicen la propuesta con todas sus palabras: seguridad para que queden impunes los responsables.
Este pedido es un paso adelante para acercarse al riesgo de una fascistización como producto de un deseo de seguridad que no analiza ni quiere hacerlo con toda intencionalidad, cuales son las reales condiciones que producen el incremento de la criminalidad. Y descubrirían que no es la producida por la miseria. Y también descubriremos que la verdadera criminalidad no pasa por la pagina de policiales sino por la pagina de noticias judiciales.
Lo esencial es que uno se siente inseguro cuando no tiene claro de qué manera puede ser protegido frente a aquello que lo atemoriza. Uno se siente inseguro cuando no sabe cómo defenderse o cuando delega esa función en una institución corrupta ya sea judicial o mediática.
Aprendimos que la perversión en la que cayó el sistema jurídico y policial en la Argentina hizo que una enorme cantidad de gente se sintiera desprotegida. Y cuando en la facultad me enseñaban que había que colaborar para generar condiciones de vida digna, creo que esa labor terapéutica exige hoy el pedido de justicia como complemento ineludible de la dignidad.
Cuando la gente siente que no tiene una ley que los regule, que los ampare, entonces las personas sufren, a veces se resienten los lazos solidarios como efecto del miedo.
Deberíamos tener en cuenta que una ley que se diluye año tras año abre la puerta a poner en peligro una sociedad. ¿Que tipo de sujeto se va a construyendo a la luz de esto?
Ya no se confía en un orden regulatorio, ya no se representa la ley como un organizador, sino que se la percibe como una teatralidad, como una ficción.
Reitero mi perplejidad:
¿Que nuevos sujetos se fabrican a la luz de esta situación? ¿En que clase de personas se convierte una sociedad que tiene un sistema judicial que en 20 años aportó dudas, corrupción y poco compromiso con la verdad. Esto tiene consecuencias psicológicas que también debemos atender, sin desatender el trauma del atentado.
¿Cómo mantener la dignidad en este escenario?
¿Cómo nos recomponemos?
¿Cómo se exige a las instituciones que aporten la cuota de justicia que permita duelar sin concesiones?
¿Alguien se ha puesto a analizar cual es el destino profundo, cual es el efecto por las promesas incumplidas? ¿que sujeto crece a la luz de los engaños y manipulaciones mediáticas?
Y aca se complican mas algunos contenidos aprendidos ya que me explicaron también que elaborar un duelo depende de la fortaleza del aparato psíquico.
Pero aprendí que también las sociedades tienen que poseer la fortaleza para duelar y que el camino para que esto se produzca pasa únicamente por la posibilidad de conseguir justicia.
Aprendo también que el camino para reparar estos traumas sociales no se solucionan entre cuatro paredes de un consultorio sino que precisan desplegarse en otros escenarios sociales, quizás en estos encuentros. Por que hay síntomas que son sociales y es ahí entonces donde hay que tratarlos: en lo social.
Entonces frente a todo esto quizás lo que nos sostenga en este periodo no tan estudiado, en estos 20 años que desbordan crueldad jurídica, sea la capacidad de exigir justicia.
Dicho de otro modo: sospecho que en cada aniversario, pero también en cada ocasión posible, este reclamo con que hoy nos convoca “Memoria Activa” es el que mantiene nuestra delicada capacidad de cordura frente a tanto atentado.
La capacidad de manifestar que no estamos disponibles pasivamente a la injusticia, que podemos y debemos disponer de razonamiento frente a la manipulación, expresar nuestra resistencia es también un acto de salud mental.