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Discurso Kevin Levin 31 años

Quiero comenzar agradeciendo la invitación de Memoria Activa a compartir con ustedes algunas palabras breves en esta plaza.

Una invitación que para mí es un honor, como lo siento desde hace muchos años, cuando nos reunimos en esta plaza para ejercer participar de este acto de presencia y de reclamo.

Mi nombre es Kevin. Tengo 35 años. Me crié en Almagro, a unas 15 cuadras de la AMIA. Mis padres me contaron que cuando explotó la bomba, nuestro edificio tembló. No recuerdo en qué momento entendí que un crimen espantoso había ocurrido en AMIA cuando yo tenía cuatro años. De alguna forma, siento que siempre estuvo ahí. Junto a los pilotes y la seguridad en instituciones judías. Junto a la pregunta “¿Veremos alguna vez justicia en la causa AMIA?”. Junto a la impunidad.

Escribió Yehuda Amijai en 1976 el siguiente poema titulado “El diámetro de la bomba”:

El diámetro de la bomba era de treinta centímetros
y su rango de alcance era de unos siete metros,
con cuatro muertos y once heridos.
Y alrededor de estos, en un círculo más grande
de dolor y de tiempo, hay dos hospitales dispersos
y un cementerio. Pero la joven
que fue enterrada en el sitio de donde
vino, a una distancia de más de cien kilómetros,
agranda el círculo muchísimo más,
y el hombre solitario que llora por su muerte
en el lejano confín de un país al otro lado del mar,
incluye al mundo entero en el círculo.
Y ni siquiera mencionaré el llanto de los huérfanos
que llega hasta el trono de Dios
y más allá,
haciendo del círculo un infinito sin Dios.

Tomando las palabras de Amijai, el circulo de alcance de la bomba continua agrandandose, en dolor, en espacio, en tiempo, hasta llegar a nosotros en esta plaza.

A 31 años, su humo, los escombros, la destrucción de lo que dejó sigue aca. Y las ausencias dentro de este círculo infinito son enormes: ausencia de las víctimas, en primer lugar, pero también ausencia de justicia. Ausencia de respuestas. Ausencia, en muchos sentidos, de avances.

Ante esas ausencias, ejercemos acá un acto de presencia. El reclamo de “memoria, verdad y justicia “ es, sin dudas, un elemento característico de la tradición política argentina. En parte por los horrores de la violencia en el pasado colectivo de los argentinos y argentinas, pero también porque siempre hubo Madres, Abuelas, organismos de derechos humanos, gente dispuesta, como los y las familiares agrupados en Memoria Activa y los militantes a su alrededor, que estuvieron dispuestos a librar una lucha constante, histórica, desigual pero convencida por llegar a la verdad y la justicia sobre lo que pasó a pocas cuadras de este lugar hace exactamente 31 años.

Y creo que es importante en este contexto entender la dimensión política de la memoria, que es lo que siempre sentí hacemos aca, reconocer que la memoria es constructora de identidad y es formadora de futuro, del tipo que futuro que queremos, y no del futuro que queremos evitar, entender que es esto lo que diferencia la memoria como hecho político de un acto de transmisión vacia. Porque la memoria no es mera transmision y repeticion del pasado, no es simplemente insistir en lo que sucedió para que no se olvide, sino también luchar por una situación donde las injusticias del pasado sean reparadas, y para que podamos construir una sociedad donde esas injusticias no puedan ocurrir, nunca más, a nadie.

Sabemos ya que no todos entienden el acto de memoria como un acto político. La memoria entendida como un ritual vacío permite al mismo tiempo tener simbólicamente presentes a las víctimas pero no mirar necesariamente los efectos de la impunidad en el presente. Solo asi podemos entender la existencia, al mismo tiempo, de un supuesto compromiso con la memoria, conviviendo con la elevación de figuras del encubrimiento al nivel de próceres, como el de Carlos Menem, o la persistencia de los nombres vinculados a la impunidad en cargos políticos. Solo un país que no recuerda, o que no recuerda bien, se vuelven a estructuras secretas, poderosas y sin transparencia de servicios de inteligencia, los mismos que jugaron un rol clave en el encubrimiento de la causa AMIA.

Hace 15 años, me tocó leer un discurso en el acto de juventud que se organiza cada 17 de julio a la noche, frente a la AMIA. Escribí en esa oportunidad, a 16 años del atentado: “Entre mentira y mentira lograron instalar algunas ideas que hoy venimos a desafiar: nosotros no creemos que en Argentina la única lógica posible sea la de la impunidad, no creemos que es mejor olvidarse y sólo mirar para adelante, no creemos que de nada sirve reclamar, no creemos que de nada sirve involucrarse, o que hacerlo es peligroso. No creemos y no queremos creer en una justicia que sólo es una farsa, que protege a los culpables y perjudica a los inocentes”. ¿Cómo puede ser que 15 años después, podría leer lo mismo? ¿Dónde vamos a estar en 15 años si nada de esto cambia?

La memoria es algo muy argentino, pero desde el poder esto no está siempre presente. De ahí la importancia de nuestra presencia acá: para recordárselo.

Para quienes encontramos inspiración en la tradición judía, sabemos que la memoria es, también, algo muy judio.
No es casualidad que este acto comience siempre con el toque del shofar. Este instrumento, tan antiguo como los más antiguos textos de la tradición judía, del Antiguo Testamento, aparece originalmente sin grandes explicaciones. Escribiendo desde Bagdad en el siglo X, Saadia Gaón nos explica que el shofar, por más sencillo que sea, carga un profundo significado simbólico: recuerda el pasado colectivo, tanto de la humanidad entera como del pueblo judío, pero también inspira reverencia y refuerza la fe en el advenimiento de la era mesiánica, que no es otra cosa que el reino de la verdad y la justicia. El shofar conecta entonces el pasado con el futuro idealizado, y en esa conexión nos convoca a nosotros, quienes lo escuchamos, a ser parte de esa construcción de futuro.

Pienso de nuevo en el diámetro de la bomba de Amijai y no puedo evitar pensar cuán lejos estamos de esa era mesiánica.

Pienso en mi generación y generaciones posteriores, que fuimos criados en la realidad de una Argentina de la impunidad, sin poder tener confianza en una justicia que no juzga y en un Estado que no nos cuida. Pienso en una comunidad judía acostumbrada a sus pilotes y sus medidas de seguridad, con generaciones acostumbradas a que esa es la forma natural de vivir su identidad. Tengo ya 35 años. Me sigo haciendo las mismas preguntas.

Pienso también en distancias lejanas: en la tragedia continua en el Medio Oriennre, y cómo vidas inocentes siguen siendo arruinadas por el accionar del terrorismo, la violencia y el ciclo interminable de represalias y venganza. Pienso en la condición de los 50 secuestrados todavía en cautiverio a manos de los terroristas de Hamas, privados de sus derechos más básicos hace 650 días. Pienso en el colapso a nivel global de las instituciones que se construyeron para garantizar la resolución pacífica de conflictos, proteger los derechos humanos y evitar atrocidades, cada vez más desdibujadas en su rol.

Y vuelvo a pensar en el poema de Amijai, en el diámetro de la bomba y como pasamos a cuantificar, comparar y relativizar la pérdida y el sufrimiento de quien percibimos pertenece al otro lado, despojado ahora de su humanidad.

Pero acá, en esta plaza, no queda alternativa, incluso para el más pesimista entre nosotros, de pensar en el ejemplo de lucha de Memoria Activa. En las lentas pero seguras conquistas de las últimas 3 décadas de lucha obstinada por la verdad y por la justicia, enfrentándose a los 3 poderes del Estado, a las cortinas de falsas noticias de los medios de comunicación, a dirigencias comunitarias amigas del poder, a la indiferencia, al olvido. Y pienso en nosotros, y la responsabilidad de seguir haciéndonos presentes en esta lucha.

Mientras eso siga, mientras sigamos encontrando inspiración en el ejemplo de Memoria Activa y de otros, mientras podamos hermanar sus luchas y mientras sigamos abriendo nuestros oídos y corazones al grito del shofar, hay esperanza para el futuro. Muchas gracias.

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