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Discurso Guillermo Lipis 32 años

Cuando me invitaron a hablar en este acto puse en voz alta lo que me venía preguntando antes del llamado de Adriana: ¿Qué hay de nuevo para decir este año? 

Nada, ni siquiera para criticar las operaciones a las que nos tenían acostumbrados en la semana recordatoria. 

Así pensé que, a más de 11.600 días de producirse el atentado a la AMIA, podría nombrar algunas apostillas ocurridas a lo largo de estos 32 años.

La hoja de ruta definitiva me la dio la frase elegida para este acto: UNA TRAGEDIA ARGENTINA.

No hablaron de la tragedia, sino de una tragedia, porque hay muchas, y todas y cada una marcó a la sociedad con heridas públicas particulares.

Me permito recordar sólo algunas:

-Antes, en 1992, el atentado a la Embajada de Israel.

-Después, en 1995, la dudosa muerte de Carlos Menem Jr. cuando el helicóptero que pilotaba se estrelló con unos cables de alta tensión, y la explosión de la fábrica militar de Río Tercero. 

-En el 2002, la Masacre de Avellaneda y los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.

-En 2004, la tragedia en el boliche República Cromañón. 

-En 2006, la segunda desaparición de Jorge Julio López, sobreviviente y testigo en el juicio por delitos de lesa humanidad contra el represor Miguel Etchecolatz.

-En 2012, la tragedia en la Estación Once del Ferrocarril Sarmiento.

-En 2015, la muerte del fiscal Alberto Nisman que hasta hoy divide a la sociedad.

-En 2017, la muerte de Santiago Maldonado, que si bien la causa judicial concluyó que murió por ahogamiento y descartó una desaparición forzada, el caso continúa siendo objeto de controversia política y social.

-En 2018, el hundimiento del submarino ARA San Juan en el que murieron (o asesinaron con una corrupción que mata) a sus 44 tripulantes. Las familias continúan reclamando por las decisiones previas a la implosión provocada por un mantenimiento irregular y por el espionaje ilegal del que fueron víctimas.

-Y desde fines del 2023 liquidan vidas, esperanzas y el futuro de casi todos congelando jubilaciones, negando presupuesto para educación, liquidando el futuro de nuestra ciencia y el desarrollo de la energía nuclear soberana, disminuyendo la distribución de vacunas, ninguneando a las familias con personas con discapacidad o, permítanme decirlo, cerrando la agencia de noticias Télam, única agencia nacional de noticias que contra viento, marea y falsas acusaciones ideológicas contra sus periodistas y fotógrafos, siempre estuvo al lado de los familiares nucleados en Memoria Activa, la única organización o movimiento originado dentro del seno de la comunidad judía que alzó la voz de forma pública contra su cierre.

Detrás de todas estas tragedias mencionadas ya cambiaron presidentes, jueces, fiscales, ministros y legisladores. En algunos casos se incorporaron nuevas generaciones a los reclamos, pero lo único que sigue congelado es la respuesta a todas estas deudas internas.

Me permito ejemplificar con esta plaza, donde hijos o sobrinos de víctimas que eran pequeños en 1994, o incluso no habían nacido y ya habían heredado el mismo reclamo, la misma impunidad, y el mismo legado de sostener la memoria.

No todas las tragedias son iguales. No todas tuvieron los mismos responsables ni las mismas consecuencias, pero todas produjeron dolor y alguna impunidad, como única respuesta. 

Es así que toda esta ausencia de justicia nos interpela con algunas preguntas de enunciación sencilla, pero de compleja resolución: 

-¿Qué hace una democracia con estos dolores? 

-¿Qué hace el Estado con estos muertos?

-¿Hace Justicia por ellos o habilita que estas tragedias se transformen en una peligrosa costumbre?

Porque recordemos que es el Estado el que puede convertirlas en la reivindicación de una vida con justicia o sostener la tragedia como una costumbre siniestra. 

Lo verdaderamente peligroso no es sólo que existan tragedias, sino que nos acostumbremos a convivir con ellas a lo largo del paso inexorable de un tiempo que revictimiza y habilita a naturalizar la impunidad.

Alguna vez, el abogado y amigo Alejandro Rúa me dijo que el derecho de las personas está ahí, a la mano, pero hay que pelear para conseguirlo porque nadie nos lo regala. Es decir que hay que ir por nuestros derechos.

Hoy, todos los que estamos acá seguimos reclamando y disputando el derecho a la verdad por el atentado a la AMIA, y acompañamos como podemos a los integrantes de Memoria Activa, a los 85 muertos, y a sus familias y amigos como un modo de tratar de equilibrar la política de desgaste impuesta desde el poder.

Podremos no tener verdad jurídica, pero nos hemos encargado de generar una memoria colectiva que seguirá interpelando contra esa política de impunidad y desgaste.

Tal vez, ese poder espera que los familiares, amigos y testigos envejezcan y que la sociedad pierda interés. Pero, el desafío de Memoria Activa, y de quienes acompañamos, es derrotar esa política de olvido y deterioro. 

Podrán no aportar respuestas ante la obligación que tiene la justicia de investigar y dictar una sentencia justa, pero no impedirán que esta plaza -aunque sea cada 18 de julio- interpele, incomode y obligue a revisar responsabilidades.

Solemos celebrar lo que esta democracia consiguió, aunque últimamente destruye más de lo que construye porque pocos argentinos se alimentan, se educan y se curan. Y causas como la del atentado a la AMIA también es una de las tragedias con respuestas pendientes.

Por eso no aceptamos que la memoria se reduzca a un mero acto recordatorio. La memoria no nos devolverá la vida de ninguna de las personas asesinadas en el atentado a la AMIA, la justicia -aunque termine siendo ecuánime- tampoco, pero sería bueno como una reivindicación de la democracia, que impida la muerte del sentido común y la reivindicación más profunda de su razón de ser en el contexto de una Nación. 

Me pregunto qué hicimos con tantas tragedias:

-¿Qué aprendimos?

-¿Construimos instituciones más fuertes? 

-¿Somos capaces de enfrentar al terrorismo y la impunidad, o seguiremos aceptando que hay causas que nunca llegarán a destino?

Finalmente, quiero revalorar la dignidad en la persistencia, porque Memoria Activa no sólo reclama justicia, sino que demostró que se puede sostener una exigencia ética sin resignarse, sin reconvertirse en un actor político formal sino desde la calle, sin defender jueces que se sabía que serían destituidos, en no descartar ninguna hipótesis investigativa, en no transar ante los poderes de turno nacionales o comunitarios, en no aceptar que las instituciones de la comunidad judía les solventaran abogados que los dejarían pegados a querellas de dudosas intenciones, en no defender fiscales con acciones nebulosas o prenseros que trabajaron para una querella, luego para un fiscal y, por último, para un juez que sería destituido. Es decir que no estuvo de un lado del mostrador, sino de una inexplicable mesa triangular que expuso una triple moral en un hecho aberrante como el atentado a la AMIA en el que no todos los actores fueron ni son lo mismo. 

El tiempo solo no resuelve las cosas, y por eso estamos acá, para seguir haciendo sonar el shofar, porque la memoria es, también, descubrir lo que otros quieren dejar enterrado debajo de los escombros. 

Y mientras nosotros digamos presente, con la memoria activa, y junto a Memoria Activa, mientras haya, aunque más no sea, uno solo de nosotros dispuesto a preguntarse una y otra vez qué pasó, quiénes fueron y por qué todavía no hay justicia, la impunidad no habrá conseguido su objetivo.

Desde el atentado a la Embajada de Israel tal vez creímos que la falta de justicia podía ser una excepción insoportable, pero no fue una irregularidad, fue la habilitación para el atentado a la AMIA y, probablemente, alentó nuevos llamados a más tragedias que acumularían una constante de víctimas y familiares dolientes reconvertidos en investigadores, fiscales de su propia causa y en guardianes de la memoria ante los mazazos de amnesia y ninguneo del Estado.

Para finalizar, permítanme citar una frase del Talmud que dice así: 

“No hay nada más entero que un corazón roto”.

No voy a hacer una interpretación religiosa, no podría, pero sí decir que Memoria Activa antepuso a la tragedia un corazón que trata de reparar con empatía, lucidez y responsabilidad la memoria de los muertos del atentado a la AMIA. Y que buscar la reparación no significa borrar una cicatriz. Reparar es hacer con los fragmentos algo que permita continuar poniendo acto y palabras a lo vivido; asumir responsabilidades y evitar que el propio dolor se transmita en forma de violencia. 

La frase “no hay nada más entero que un corazón roto” no celebra un quiebre sino la posibilidad de no dejar que la mentira y el engaño, dos de las grandes tragedias de este país, tengan la última palabra.

Para los familiares la verdad no es un símbolo, es una condición mínima de reparación, y si no hay verdad judicial no hay cierre posible, porque esa vuelta de página está relacionada con saber qué pasó y castigar a los responsables. 

Mientras tanto, no están, no estamos solos, seguiremos aquí hoy y hasta que sea necesario. 

Gracias.

Fotos: Hernán Reig

 
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